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Urzola – Libros, ideas y escritura

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Categoría: Memorias del Caribe

  • El Puente como memoria

    Por qué las ciudades recuerdan mejor que nosotros


    Los puentes no solo unen orillas: conservan lo que las personas olvidan. Este ensayo recorre la memoria urbana desde los cruces silenciosos de la ciudad hasta los lugares donde el tiempo decide quedarse.

    Uno cruza un puente casi siempre sin darse cuenta. Va pensando en lo que dejó atrás o en lo que cree que encontrará del otro lado. El puente, en cambio, permanece.

    Tal vez por eso los puentes recuerdan mejor que nosotros. Han visto pasar cuerpos apresurados, despedidas sin palabras, regresos tardíos. Han sentido el peso de generaciones enteras sin pedir explicaciones. Mientras las personas olvidan —por cansancio, por defensa, por supervivencia—, el puente se queda ahí, acumulando silencios.

    No se cruza un puente de la misma forma dos veces. La primera vez es tránsito; la segunda, memoria. Algo cambia aunque el trayecto sea idéntico. El paisaje es el mismo, pero quien cruza ya no lo es. Y el puente lo sabe.

    El puente como testigo

    Un puente no participa en la historia: la observa. No toma partido, no interviene, no se defiende. Está ahí antes de que alguien llegue y sigue ahí cuando todos se han ido. Esa es su forma de autoridad: la permanencia.

    Las personas recuerdan de forma fragmentada. Guardamos imágenes sueltas, frases incompletas, rostros que el tiempo va borrando. El puente, en cambio, recuerda entero. No selecciona ni jerarquiza. Su memoria es continua.

    Desde su inmovilidad, observa cómo cambian los nombres de las calles, cómo se derrumban casas y se levantan otras que aún no saben qué historias las habitarán. Todo pasa. Él queda.

    Cuando la ciudad recuerda por nosotros

    Hay un momento silencioso en el que uno se da cuenta de que ya no recuerda como antes. Entonces ocurre algo extraño: la ciudad empieza a recordar por nosotros.

    No lo hace con palabras, sino con formas. Una esquina, una sombra, un cruce que se repite. Caminamos por una calle conocida y algo se acomoda dentro, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza.

    La ciudad guarda lo que las personas no pueden cargar todo el tiempo. Deposita recuerdos en muros, escalones gastados, puentes que siguen cumpliendo su función incluso cuando nadie recuerda quién los construyó.

    Puentes del Caribe: el caso de Cartagena

    En el Caribe, los puentes no solo unen orillas: unen tiempos distintos. Cartagena es una ciudad construida sobre esa tensión entre lo que fluye y lo que resiste.

    Hay puentes en la ciudad que parecen discretos, casi anónimos. No reclaman atención ni figuran en postales. Algunos sobreviven solo en la memoria de quienes los cruzaron, como el Puente Román, un paso casi invisible que durante años sostuvo la rutina de un barrio entero y cuya historia se confunde con la de las casas que lo rodeaban, entre ellas la Casa Román, más recordada por lo que albergó que por lo que mostró.

    En esos cruces se produce una forma particular de memoria caribeña: no solemne, no monumental. Una memoria hecha de repetición. El puente se integra al ritmo de la ciudad como el calor o el viento.

    El puente que uno lleva dentro

    No todos los puentes están hechos de piedra. Hay otros que se construyen con el tiempo: cruces personales, momentos donde algo termina sin anuncio y algo empieza sin promesa.

    Gracias a esos puentes interiores, el cambio no es ruptura sino tránsito. La memoria no siempre la cargamos nosotros; a veces nos carga ella.

    Volver a cruzar

    No todos los puentes llevan a un lugar distinto. Algunos solo nos devuelven a nosotros mismos, ligeramente cambiados.

    Las ciudades lo saben. Por eso conservan sus puentes incluso cuando ya no parecen necesarios. El puente no promete respuestas. Solo ofrece paso.

    Y a veces, eso basta.


    Lecturas relacionadas
    Casa Román: la memoria morisca de Cartagena
    Puente Román: un cruce que aún recuerda

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  • Cartagena de Indias: la ciudad que aprendió a defender su memoria

    Cartagena de Indias: la ciudad que aprendió a defender su memoria

    Puerta del Reloj: el umbral donde Cartagena comienza

    Antes de ser ciudad, Cartagena fue espera. Y en esta puerta, durante siglos, aprendió a medir el tiempo.


    Mucho antes de cruzar murallas o recorrer calles empedradas, todo visitante debía detenerse aquí. La Puerta del Reloj no era solo un acceso: era una pausa obligada entre el mundo exterior y la ciudad protegida.

    Antes de que la ciudad se dejara recorrer, exigía ser atravesada con respeto. La Puerta del Reloj fue, desde siempre, el primer gesto de Cartagena hacia quien llegaba.

    Durante la época colonial, Cartagena de Indias no se pensaba como una ciudad abierta. Era un enclave estratégico, una joya del Caribe que debía ser defendida del mar, de los corsarios y de los imperios rivales. Por eso, cada entrada estaba medida, vigilada y cargada de significado.

    La actual Puerta del Reloj, conocida originalmente como la Puerta del Puente, conectaba la ciudad amurallada con el arrabal de Getsemaní y con el antiguo muelle. Por allí entraban mercancías, noticias, viajeros y silencios. Todo pasaba bajo su arco antes de ser ciudad.

    El reloj que hoy corona la puerta llegó después, en el siglo XVIII, como una forma de imponer orden al tiempo urbano. Sus campanadas marcaron jornadas de trabajo, toques de queda y celebraciones religiosas. Desde entonces, Cartagena no solo se protegía con muros: también se regulaba con horas.

    Arquitectónicamente, la Puerta del Reloj es sobria y firme. Sus muros gruesos, su arco central y sus accesos laterales responden a una lógica defensiva más que ornamental. No busca impresionar: busca resistir. Es arquitectura pensada para durar, no para seducir.

    Sin embargo, con el paso de los siglos, esa austeridad se transformó en símbolo. Hoy, la puerta ya no separa peligros, sino tiempos. De un lado queda la Cartagena contemporánea; del otro, la ciudad que conserva el ritmo lento de la memoria.

    Cada día, miles de pasos cruzan ese umbral sin saber que repiten un gesto antiguo. Comerciantes, viajeros, músicos y lectores atraviesan el mismo arco por donde antes entraban caravanas, pregoneros y guardias. La ciudad sigue comenzando ahí.

    Más que una puerta, este lugar es una frontera emocional. Al cruzarla, el ruido cambia, la luz se vuelve distinta y el tiempo parece acomodarse a otro compás. Cartagena se deja entrar, pero solo después de haber sido anunciada.

    Como el Puente Román unió orillas y la Casa Román guardó silencios, la Puerta del Reloj ha sido testigo del tránsito más importante: el paso entre el afuera y el adentro, entre lo inmediato y lo eterno.

    Porque en Cartagena, incluso el tiempo aprendió a esperar frente a una puerta.

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  • Puente Román: el arco que unió las dos orillas

    Puente Román: el arco que unió las dos orillas

    Puente Román: el arco que unió las dos orillas

    Entre el rumor del agua y la brisa del puerto, el Puente Román fue el gesto que enseñó a Cartagena a encontrarse consigo misma.


    A comienzos del siglo XX, cuando Cartagena aún era un archipiélago de calles separadas por canales, el Puente Román comenzó a unir orillas, historias y memorias. Lo que empezó como una estructura de madera se convirtió en el emblema del progreso urbano y el símbolo emocional de una ciudad que aprendió a cruzarse a sí misma.

    Antes de que la ciudad se mirara en el espejo del progreso, el Puente Román ya tejía su primera historia: la de dos orillas que aprendieron a encontrarse sobre el agua.

    A comienzos del siglo XX, cuando Cartagena aún era un archipiélago de calles aisladas por canales, el barrio Manga parecía una isla detenida en el tiempo. Las canoas cruzaban despacio hacia Getsemaní, llevando jornaleros, frutas y noticias. Fue entonces, en 1905, cuando la ciudad decidió tender su primer puente sobre esas aguas: una franja de madera que cambiaría para siempre el pulso de la ciudad.

    El viejo Puente Román fue mucho más que una obra de ingeniería. Era, en esencia, un gesto. Un intento de acercar dos mundos: el bullicio de Getsemaní y la quietud arbolada de Manga. Lo construyó Eliseo Navarro, entre 1906 y 1907, con tablones firmes pero rudimentarios. Su estructura era sencilla, sin ornamentos, y sin embargo representaba el inicio de la modernidad: el primer paso de una Cartagena que buscaba conectarse consigo misma.

    Con el tiempo, aquel puente de madera se volvió un símbolo cotidiano. Por él cruzaban los pregoneros con sus carretas de frutas, los pescadores que regresaban al amanecer y los niños que jugaban a perseguir el reflejo de los barcos. Su crujido acompañaba las conversaciones de los enamorados y el ritmo lento de la vida isleña.

    Pero la historia no se detuvo ahí. En 1927, el arquitecto francés Gastón Lelarge, conocido por sus obras en Bogotá, fue llamado para diseñar una estructura más duradera: un puente de concreto reforzado, elegante y neoclásico, que reemplazó al antiguo de madera.

    Lelarge concibió algo más que un paso entre orillas: creó una puerta de entrada a la modernidad cartagenera. Sus arcos de líneas limpias y barandas ornamentales anunciaban un nuevo siglo de progreso. El Puente Román se volvió entonces una postal, un motivo de orgullo, un punto de encuentro entre la tradición y el futuro.

    Décadas después, mientras la ciudad crecía hacia el mar, se erigió un tercer puente, construido por EDURBE, con mayor altura para permitir el paso de embarcaciones. Sin embargo, ni el acero ni el concreto del nuevo puente lograron borrar la memoria del primero.

    En el recuerdo de los habitantes de Getsemaní, el viejo puente de madera aún respira: allí donde los pasos eran lentos y el horizonte olía a manglar.

    Más allá de su función vial, el Puente Román ha sido testigo del crecimiento y la identidad de Cartagena. Ha visto pasar los carros del progreso, los silencios de la madrugada y las risas que cruzan cuando el sol cae sobre la bahía. Es un puente físico, sí, pero también un puente emocional: une épocas, barrios, maneras de mirar la ciudad.

    Como la Casa Román, su par inmóvil en tierra firme, el Puente Román une más que espacios: une memorias. Uno guarda el eco del agua en sus muros; el otro, la huella de los pasos sobre su superficie. Ambos, a su manera, son arquitectura del recuerdo.

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  • Casa Román: la memoria morisca de Cartagena

    Casa Román: la memoria morisca de Cartagena

    Casa Román: la memoria morisca de Cartagena

    Entre la brisa del puerto y las buganvilias de Manga, la Casa Román se alza como un sueño morisco detenido en el tiempo.


    En el corazón del barrio Manga, la Casa Román guarda entre sus arcos lobulados y mosaicos andaluces una historia de viajes, mestizaje y nostalgia. Su arquitectura, inspirada en la Alhambra de Granada y completada en 1929 con yeserías y mobiliario neoárabe, es una carta de amor entre el Mediterráneo y el Caribe.

    Entre la brisa del puerto y el perfume de las buganvilias, la Casa Román parece haber sido trasladada desde Granada por un espejismo del tiempo. Una Alhambra caribeña, abierta al viento y a la memoria.

    La Alhambra en espejo

    En el corazón del barrio Manga, frente a la bahía que fue testigo del comercio y los sueños del Caribe, se levanta la Casa Román, un ejemplo inconfundible de cómo la arquitectura puede convertirse en puente entre mundos. Su historia comienza a inicios del siglo XX, cuando el español Alfredo Badenes proyectó para la familia Zurek Román una residencia que parecía querer abrazar el aire de Granada y las mareas de Cartagena.

    El edificio, considerado una de las joyas neomudéjares más exquisitas de Colombia, recoge la herencia del arte morisco que desde el siglo XVI dejó huella en el país. En distintas poblaciones colombianas se levantaron casas, palacios, plazas de mercado y mezquitas con ecos de la arquitectura hispano-árabe. Pero ninguna de esas huellas brilla con tanta precisión ornamental como la de la Casa Román, donde los arcos lobulados y los mosaicos vidriados cuentan la misma historia que el viento: la de un diálogo entre el desierto andaluz y la humedad caribeña.

    Un kiosco oriental en Manga

    La imagen exótica de esta casa se consigue con su ubicación en el centro de la parcela, casi como un kiosco oriental rodeado de verde. La fachada principal se abre con un pórtico de arcadas sobre columnas nazaríes de mocárabes; en las enjutas aparecen calados de sebka, y todo se remata con almenas que parecen recortar el cielo azul de Cartagena.

    El interior es una concesión sin paliativos al modo de vida oriental adaptado al Caribe. El patio central, con una fuente de cerámica de Triana, organiza la casa y se convierte en su verdadero espacio vital. Alrededor se disponen las estancias, abiertas a las arquerías y galerías frescas donde la luz se filtra en franjas doradas sobre los mosaicos. Las puertas, los vanos y las yeserías revelan, con sus mocárabes, atauriques y geometrías, el origen nazarí de la inspiración.

    Caminar por ese patio es sentir que el agua lleva noticias de otros mares. Las voces de la casa se mezclan con el murmullo de la fuente; la brisa de la bahía entra como un huésped antiguo, y el sol dibuja en el suelo una filigrana de sombras que cambia a lo largo del día.

    Granada en el Caribe

    La Casa Román completó su carácter alhambrista en 1929, cuando don Henrique Pío Román, entonces propietario, viajó con su familia a Europa. En Sevilla visitaron la Exposición Iberoamericana y, más tarde, llegaron a Granada. La ciudad de la Alhambra los deslumbró. De regreso a Cartagena, decidieron traer a su casa caribeña un reflejo de aquella fascinación.

    Contactaron al taller del ornamentista Aurelio Rus, que envió yeserías, cerámicas y mobiliario neoárabe. Algunas de esas piezas firmadas se conservan aún en los salones y rincones de la casa. Desde entonces, la Casa Román no fue solo una obra arquitectónica, sino una forma de vida: un modo de habitar la nostalgia, de sentarse a tomar café bajo las lámparas granadinas mientras afuera pasa, lento, el tiempo del Caribe.

    Un oasis en Cartagena de Indias

    Entre las fortificaciones, los mercados bulliciosos y las nuevas construcciones que hoy rodean a Manga, la Casa Román se mantiene como un oasis. Su silueta rosa y verde se abre al jardín, sus columnas siguen guardando las conversaciones de sus dueños, y el patio central continúa siendo el corazón donde se entrecruzan agua, luz y memoria.

    Más que una curiosidad arquitectónica, la Casa Román es un capítulo esencial de la memoria del Caribe colombiano. Allí, la tradición morisca y la vida cartagenera se miran en un mismo espejo. Cuando el sol cae sobre sus arcos y las sombras de los árboles se alargan en el piso de mosaico, la casa se enciende como si el tiempo quisiera escribir en ella, una vez más, su firma dorada.