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Etiqueta: Arquitectura neoclásica

  • Cartagena de Indias: la ciudad que aprendió a defender su memoria

    Cartagena de Indias: la ciudad que aprendió a defender su memoria

    Puerta del Reloj: el umbral donde Cartagena comienza

    Antes de ser ciudad, Cartagena fue espera. Y en esta puerta, durante siglos, aprendió a medir el tiempo.


    Mucho antes de cruzar murallas o recorrer calles empedradas, todo visitante debía detenerse aquí. La Puerta del Reloj no era solo un acceso: era una pausa obligada entre el mundo exterior y la ciudad protegida.

    Antes de que la ciudad se dejara recorrer, exigía ser atravesada con respeto. La Puerta del Reloj fue, desde siempre, el primer gesto de Cartagena hacia quien llegaba.

    Durante la época colonial, Cartagena de Indias no se pensaba como una ciudad abierta. Era un enclave estratégico, una joya del Caribe que debía ser defendida del mar, de los corsarios y de los imperios rivales. Por eso, cada entrada estaba medida, vigilada y cargada de significado.

    La actual Puerta del Reloj, conocida originalmente como la Puerta del Puente, conectaba la ciudad amurallada con el arrabal de Getsemaní y con el antiguo muelle. Por allí entraban mercancías, noticias, viajeros y silencios. Todo pasaba bajo su arco antes de ser ciudad.

    El reloj que hoy corona la puerta llegó después, en el siglo XVIII, como una forma de imponer orden al tiempo urbano. Sus campanadas marcaron jornadas de trabajo, toques de queda y celebraciones religiosas. Desde entonces, Cartagena no solo se protegía con muros: también se regulaba con horas.

    Arquitectónicamente, la Puerta del Reloj es sobria y firme. Sus muros gruesos, su arco central y sus accesos laterales responden a una lógica defensiva más que ornamental. No busca impresionar: busca resistir. Es arquitectura pensada para durar, no para seducir.

    Sin embargo, con el paso de los siglos, esa austeridad se transformó en símbolo. Hoy, la puerta ya no separa peligros, sino tiempos. De un lado queda la Cartagena contemporánea; del otro, la ciudad que conserva el ritmo lento de la memoria.

    Cada día, miles de pasos cruzan ese umbral sin saber que repiten un gesto antiguo. Comerciantes, viajeros, músicos y lectores atraviesan el mismo arco por donde antes entraban caravanas, pregoneros y guardias. La ciudad sigue comenzando ahí.

    Más que una puerta, este lugar es una frontera emocional. Al cruzarla, el ruido cambia, la luz se vuelve distinta y el tiempo parece acomodarse a otro compás. Cartagena se deja entrar, pero solo después de haber sido anunciada.

    Como el Puente Román unió orillas y la Casa Román guardó silencios, la Puerta del Reloj ha sido testigo del tránsito más importante: el paso entre el afuera y el adentro, entre lo inmediato y lo eterno.

    Porque en Cartagena, incluso el tiempo aprendió a esperar frente a una puerta.

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  • Puente Román: el arco que unió las dos orillas

    Puente Román: el arco que unió las dos orillas

    Puente Román: el arco que unió las dos orillas

    Entre el rumor del agua y la brisa del puerto, el Puente Román fue el gesto que enseñó a Cartagena a encontrarse consigo misma.


    A comienzos del siglo XX, cuando Cartagena aún era un archipiélago de calles separadas por canales, el Puente Román comenzó a unir orillas, historias y memorias. Lo que empezó como una estructura de madera se convirtió en el emblema del progreso urbano y el símbolo emocional de una ciudad que aprendió a cruzarse a sí misma.

    Antes de que la ciudad se mirara en el espejo del progreso, el Puente Román ya tejía su primera historia: la de dos orillas que aprendieron a encontrarse sobre el agua.

    A comienzos del siglo XX, cuando Cartagena aún era un archipiélago de calles aisladas por canales, el barrio Manga parecía una isla detenida en el tiempo. Las canoas cruzaban despacio hacia Getsemaní, llevando jornaleros, frutas y noticias. Fue entonces, en 1905, cuando la ciudad decidió tender su primer puente sobre esas aguas: una franja de madera que cambiaría para siempre el pulso de la ciudad.

    El viejo Puente Román fue mucho más que una obra de ingeniería. Era, en esencia, un gesto. Un intento de acercar dos mundos: el bullicio de Getsemaní y la quietud arbolada de Manga. Lo construyó Eliseo Navarro, entre 1906 y 1907, con tablones firmes pero rudimentarios. Su estructura era sencilla, sin ornamentos, y sin embargo representaba el inicio de la modernidad: el primer paso de una Cartagena que buscaba conectarse consigo misma.

    Con el tiempo, aquel puente de madera se volvió un símbolo cotidiano. Por él cruzaban los pregoneros con sus carretas de frutas, los pescadores que regresaban al amanecer y los niños que jugaban a perseguir el reflejo de los barcos. Su crujido acompañaba las conversaciones de los enamorados y el ritmo lento de la vida isleña.

    Pero la historia no se detuvo ahí. En 1927, el arquitecto francés Gastón Lelarge, conocido por sus obras en Bogotá, fue llamado para diseñar una estructura más duradera: un puente de concreto reforzado, elegante y neoclásico, que reemplazó al antiguo de madera.

    Lelarge concibió algo más que un paso entre orillas: creó una puerta de entrada a la modernidad cartagenera. Sus arcos de líneas limpias y barandas ornamentales anunciaban un nuevo siglo de progreso. El Puente Román se volvió entonces una postal, un motivo de orgullo, un punto de encuentro entre la tradición y el futuro.

    Décadas después, mientras la ciudad crecía hacia el mar, se erigió un tercer puente, construido por EDURBE, con mayor altura para permitir el paso de embarcaciones. Sin embargo, ni el acero ni el concreto del nuevo puente lograron borrar la memoria del primero.

    En el recuerdo de los habitantes de Getsemaní, el viejo puente de madera aún respira: allí donde los pasos eran lentos y el horizonte olía a manglar.

    Más allá de su función vial, el Puente Román ha sido testigo del crecimiento y la identidad de Cartagena. Ha visto pasar los carros del progreso, los silencios de la madrugada y las risas que cruzan cuando el sol cae sobre la bahía. Es un puente físico, sí, pero también un puente emocional: une épocas, barrios, maneras de mirar la ciudad.

    Como la Casa Román, su par inmóvil en tierra firme, el Puente Román une más que espacios: une memorias. Uno guarda el eco del agua en sus muros; el otro, la huella de los pasos sobre su superficie. Ambos, a su manera, son arquitectura del recuerdo.

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